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Radiografía de un primer día

El primer lunes de marzo —y a veces un poco antes, el último lunes de febrero, según el inicio de clases en algunos colegios que tienen receso en septiembre— las redes suelen inundarse de la típica foto del primer día de clase.

Y debo confesar que, lejos de agobiarme, me enternecen.

Estas fotos suelen ser como radiografías. Se ve el que está emocionado, el que no quiere saber nada, uniformes inmaculados que probablemente no vuelvan a verse así en todo el año, peinados que solo fueron posibles gracias a la emoción del primer día, algún rastro de los días de playa, pulseras, tobilleras, alguna que otra trencita.

¿Cuántos de estos primeros días recordarán nuestros hijos?

¿Cuántos de nuestros propios primeros días recordamos?

Mi familia me reconoce como una persona muy memoriosa, sobre todo de los detalles (pero eso lo dejo para otra entrada). Sin embargo, de los primeros días de clase solo recuerdo uno: el único del que tengo foto.

Era la primera vez que habíamos viajado con mi familia a Brasil. La única vez. Sentía que también era la primera vez que me había bronceado bien y no quedaba colorada. Tendría unos doce años y estaba emocionada por el bolso tejido que usaría en lugar de mochila. Mi papá fue nos tomó la foto en el garage de casa justo antes de salir.

No estoy segura de que esos recuerdos siguieran vivos si no existiera esa foto. Tal vez parte de lo que creo recordar viene de haberla visto tantas veces. Pero también sé que es la imagen la que abre otras puertas: sensaciones, sonidos, pequeños detalles que no están en el encuadre y, sin embargo, vuelven.

Por eso hoy, domingo, me acuesto pensando en la foto que sacaré mañana.

No sé si habrá ilusión por el año que comienza, nervios o cansancio.

Pero es un primer día.

Y quiero recordarlo.




 
 
 

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